El Charles Bronson chilenoSe llama Fenelón Guajardo López, pero en Chile todo el mundo lo conoce como Charles Bronson. En 1975 fue a la televisión y se presentó en un concurso de dobles de famosos en Sábados Gigantes. Ese mismo día le cambió la vida: arrasó con todos los premios y él mismo se hizo famoso en cuestión de minutos.
Los que lo estaban viendo en sus casas y en el estudio no podían creerlo: Fenelón Guajardo era igual-igual al actor de cine y televisión Charles Bronson; el mismo corte de pelo, el mismo bigote, los mismos ojos achinados, la misma cara de recio.
El Bronson chileno aprovechó sus quince minutos de fama, ganó buena plata actuando en avisos publicitarios para la marca de jeans Wrangler, y se dio el lujo incluso de trabajar en un western con un director italiano.
En 1984, Carlos Flores estrenó el documental «Idénticamente igual, o el Charles Bronson chileno», donde el propio Fenelón Guajardo contaba su historia y remataba la película dirigiendo una escena de todo su gusto en un cabaret del norte.
Fue lo último que se supo de su vida en muchos años. Arranchado en Viña del Mar, Fenelón dejó de ser hombre público y volvió a lo que mejor sabía hacer: dibujar y pintar. Pintar cuadros al óleo, pintar letreros comerciales, pintar escenas por encargo y en todos ellos estampar su firma a mano alzada: “Bronson”.
Pintar y también escribir guiones. Escenas de películas crudas, fuertes, realistas; películas con acción, erotismo, romance y suspenso; películas en las que el protagonista nunca muere y los extras caen todos acribillados a balazos.
En septiembre de 2003, el verdadero Charles Bronson murió en Estados Unidos. Una periodista del diario La Segunda llamó a Fenelón a su casa en Viña para contarle la noticia, y del otro lado del teléfono escuchó primero un silencio y después algo parecido a un sollozo: “No lo puedo creer, qué pena más grande, Dios mío. Yo lo quería mucho. Es como si muriera un hermano”.
Julio de 2004. Llamo a Fenelón Guajardo a su casa para pactar una entrevista y contesta su señora, Elizabeth. Ella dice que encantada me reciben mañana en Viña del Mar a las cuatro de la tarde.
A la hora señalada del día siguiente, toco el timbre y me sale a recibir Fernando Guajardo, hijo mayor de Fenelón, también de bigotes, dueño de un aire bronsoniano, pero todavía lejos de ser físicamente como su padre, el auténtico Charles Bronson chileno.
En el living de la casa hay expuestos varios cuadros de Bronson, todos ellos de colores fuertes, vivos.
Pienso en Fenelón Guajardo. Me pica la curiosidad verlo pronto. ¿Estará con el pelo totalmente blanco? ¿Seguirá siendo igualito a Charles Bronson? Mal que mal, ahora tiene 82 años, y fotos suyas no se ven desde la época del documental de Carlos Flores.
Advierto que la mesa del comedor está servida con un suculento cóctel: queso y aceitunas, salame, sándwiches en pan de molde de jamón con palta, huevos de codorniz, galletitas, pasta de mariscos. Pregunto por qué y la respuesta, tímida, confirma la sospecha: es para recibir al periodista. Acto seguido, me ofrecen un aperitivo, una vaina. Acepto. Y bebo en honor a Fenelón, que justo entonces hace su entrada al living de terno oscuro y corbata roja. Está intacto, pero, claro, más viejo: es el Charles Bronson chileno, no hay duda. Su pelo no es blanco, sino café, igual que su bigote.
Se suceden los saludos y las presentaciones de rigor: su señora, sus dos hijos hombres, su nuera, su nieta Estefanía, que estudia periodismo, su otro nieto. La otra hija, Marisol, está trabajando en la universidad, es master en matemáticas. Todos nos ponemos cómodos. La entrevista no será un asunto entre nosotros dos: será un asunto de familia.
Lo primero que hacemos es hablar de pintura. Bronson le pide a uno de sus hijos que le traiga un pequeño álbum con fotografías de sus cuadros, y habla con orgullo y simpatía de cada uno de ellos: “Vea usted, aquí, las mejores chorrillanas del bar Cinzano en Valparaíso. O este otro: fíjese en el brillo del vestido de esta mujer. ¿Qué le parece esta dama que posó con minifalda tomándose un helado? Le cuento: a esta mujer, la del local Karma, se la comieron a besos los estudiantes, así que hubo que entrarla al negocio. Pero mi obra mayor es esta otra: el mural del Café Journal de Viña. Este cuadro cuesta como cinco millones de pesos, y los pintores de la zona me han felicitado. Vea: aquí está el dueño del negocio, aquí el Gato Alquinta, aquí un periodista que se llama Telmo Aguilar, aquí la Juanita Parra, aquí el otro Parra, aquí Alvaro Mutis. Fíjese en el brillo del vaso porque se le acabó el vino, ¿le gusta mi cuadro?”.
-Me gusta. ¿Usted ya pintaba cuando se hizo famoso como el Charles Bronson chileno?
-Sí, por supuesto. Antes de hacerme famoso con los concursos de Don Francisco yo era experto en pintura publicitaria, en cómo llamar la atención desde la vitrina, en cómo promover una oferta. Además, yo había hecho dibujos de prensa en muchos diarios de Chile, y de esto sabrán los antiguos. El diario Impacto, el diario Noticias Gráficas, el diario El Chileno. Yo dibujaba portadas de diarios. Más adelante trabajé en murales gigantescos. Yo le hice un mural enorme a Jorge Alessandri en la Alameda cuando fue candidato a la Presidencia en 1958. Tenía un equipo grande de pintores que me ayudaban, yo los dirigía, y nos amanecíamos pintando. Yo hacía los bocetos y ellos los ejecutaban. En Santiago a mí me decían el señor Guajardo, porque yo vestía con mucha elegancia, me gustaba la vanidad. Todavía no era Bronson.
-¿Cuándo empezó a ser Bronson?
-Después, mucho después. Charles Bronson no fue conocido en Chile hasta mucho tiempo después. Me acuerdo que yo era pintor de letras y tenía mi propia agencia de publicidad, antes del 70, y Don Francisco me encargó un trabajo y ahí supo de mí, y ahí vio que yo era muy parecido a Charles Bronson. Antes de eso yo vivía en otra cosa. Yo trabajaba para la Casa Daisy Fantasías, ahí cerca del Bim Bam Bum, y alguna vez trabajé también para el Maipú de Buenos Aires, donde me tocó pintar a las bailarinas semidesnudas y con plumas. En esa época yo todavía pintaba al agua y al carbón, todavía no pintaba al óleo, eso vino después, cuando conocí a mi amigo Camilo Mori y a Pacheco Altamirano, que fue mi profesor en el Bellas Artes.
Mucho antes de ser Charles Bronson, Fenelón Guajardo López fue boxeador y patiperro. Algunas veces viajó escondido en trenes y barcos. Hubo una época de su vida, cuando era muy joven, poco más que adolescente, en que no tuvo ni para comer. Pero el hombre cultivaba un talento especial para sobrevivir y además poseía condiciones naturales para el dibujo. Gracias a la pachorra adquirida peleándole al que le echaran por delante, Fenelón fue venciendo los obstáculos que le puso la vida y, de vuelta en Chile desde Argentina y Uruguay, a mediados de los años cincuenta, formó una familia sin abandonar jamás la bohemia que tanto le gustó siempre.
-¿En qué estaba cuando se presentó al concurso de Sábados Gigantes?
-¿Sabe? Yo no quería presentarme. Pero en la casa todos me miraban con cara de cómo es posible que no te presentes. Yo vivía en el centro, en la calle Rosas, y trabajaba en Andes Mar Bus. Estaba a cargo de la publicidad de los buses. Y el día del concurso del doble de Charles Bronson los vecinos casi echan abajo a patadas la puerta del departamento. Eh, amigo Bronson, vaya al canal 13, Don Francisco lo está llamando. Era verdad: a cada rato salía la cabeza de Don Francisco en la pantalla diciendo que los que se parecían a Charles Bronson fueran al estudio de Sábados Gigantes, en la calle Lira. Yo no pescaba. Yo entonces no me sentía Charles Bronson. Pero yo veía que todo el mundo estaba angustiado porque no quería ir.
-¿Y qué pasó entonces?
-Cuando faltaban veinte minutos para que se cumpliera el plazo, mi hija Marisol se sentó en mi falda y me dijo papito, hazlo por mí, y botó una lágrima, y me dio un besito, y yo me emocioné. Ya, dije, por ti lo voy a hacer. Y todos se pusieron contentos.
-¿Partió con lo puesto?
-Más o menos: me arreglaron un poco, me pusieron una polera como la de la foto de Charles Bronson que mostraban en la televisión, un medallón, un pantalón de la moda de la época, uno color ladrillo, ancho, y partí con mi hijo Marcelo en el taxi de un vecino porque mi auto andaba sin bencina.
-¿Cómo fue la llegada al estudio?
-Increíble. Casi no se podía pasar por la calle Lira, estaba repleto. Jamás un concurso de Don Francisco había movido a tanta gente.
-¿Ese día sólo se presentaban dobles de Charles Bronson?
-Sí, sólo dobles de Charles Bronson.
Marcelo Guajardo, el hijo que lo acompañaba, cuenta que le estaban reservando el número 13 a su papá porque algo sabían ya de su existencia, parece que Don Francisco sabía que él iba a llegar: “Nosotros en la familia no ubicábamos al famoso Charles Bronson, pero lo que sí sabíamos era que el actor que aparecía en pantalla era igual a mi papá. Había una tremenda fila, inmensa, y del estudio empezó a salir gente a verlo a él. Parece que se corrió la voz de que había llegado uno igualito a Charles Bronson, porque hubo gente que salió a mirarlo y otros que fueron a saludarlo. El Pollo Fuentes, por ejemplo”.
Fenelón quiso arrancar, sintió nervios, pero al final entró al estudio y de inmediato percibió una gran expectación. Empezaron a presentar a los concursantes uno a uno, y cuando le tocó a él, y lo entrevistaron, el estudio casi se vino abajo. El mismo lo recuerda así: “La gente gritaba se pasó, se pasó, toda la gente se paró, decían que yo era igual, y yo pienso que esto mismo ocurrió en todas las casas y departamentos de Chile. Fue emocionante”.
-Tengo un vago recuerdo de cabro chico de esa escena, lo estoy viendo a usted de Charles Bronson al lado de Don Francisco.
-Yo sentí que se provocaba un terremoto en el estudio. Me corrieron las lágrimas. No pude aguantar la emoción grande. No me salía la voz. Don Francisco, enredado en un cable, me preguntó por qué me había presentado, una pregunta medio obvia, y yo le dije: “Por participar, nada más”. Y así, para callado, con el micrófono abajo, Don Francisco me dice quédate tranquilo, porque todos esos premios que estás viendo ahí van a ser tuyos.
-¿Qué se ganaba en el concurso?
-Cinco carros de supermercado repletos de comestibles, que los repartí con los amigos del vecindario, una silla mecedora, una mesita de living y 500 pesos de la época, que no era mucha plata, pero tampoco era poca cosa.
-Después de ganar el concurso de Bronson, usted participó en la gran final con todos los otros dobles de famosos, y volvió a ganar.
-Así es, las mujeres eran peligrosas, podían ganarme, estaba la Liza Minelli, la Sophia Loren, la Olga Guillot, pero al final gané yo, ganó Charles Bronson.
-¿Su vida cambió para siempre?
-Fue tremendo. La gente no me permitía trabajar en la calle. Yo me escondí, y pasé angustia, porque tuve que empezar a darme vueltas con lo que había ganado sin poder salir a trabajar. Era una cosa de locos.
-El precio de la fama.
-Sí, pero si lo miro desde otro punto de vista, tengo que decir que agradezco a Chile porque me di cuenta de que tenía alrededor mío una familia grande. Y la tengo hasta hoy, porque todo el mundo me conoce. Donde voy, hola, Bronson. Me conocen hasta los diputados, porque usted no sabe que la película en la que yo trabajé se dio en el Congreso y la vieron todos los diputados.
-¿La película de Carlos Flores, el documental del Charles Bronson chileno?
-Sí, y le aclaro que esa película la dirigí yo.
-Usted dirigió la última parte, donde filma una escena a su pinta.
-Sí, un western, y como yo ya había hecho práctica con Sergio Riesemberg no me costó demasiado.
-¿Por qué dice que hizo práctica con Sergio Riesenberg?
-Porque con él tuve que filmar todos los spots de Wrangler, como treinta, y ahí estuvimos siete días trabajando sin parar. Casi me muero esa vez, porque en uno de los avisos este loco me hizo saltar arriba de unos edificios en la calle Suecia.
-¿Cómo?
-Tal cual. Llegamos un día a las siete de la mañana, y yo tenía que correr siete, ocho metros y pegar un salto y colgarme de una grúa.
-¿Y eso tuvo que hacerlo arriesgando el pellejo?
-Claro que sí, porque los avisos eran con realismo extremo. Y le confieso que cuando iba en el séptimo piso, yo quise soltarme, quise matarme. Eso era demasiado. Nunca en mi vida, con toda la fuerza que yo tenía entonces, me sentí igual. Por eso, cuando vi una mancha grande, una lona, y hartos cascos, ya me sentí más cerca, y ahí me solté, y caí a la lona, y los obreros de la construcción me aplaudieron y se rieron y me dijeron allá está el baño, amigo Bronson.
-A ver, rebobinemos un poco la cinta. Estos spots de Wrangler fueron justo después de que usted había ganado la finalísima de Sábados Gigantes.
Sí, fue poco después. Oiga, ¿usted sabe que el auténtico Charles Bronson me llamó desde Estados Unidos para llevarme a Hollywood?
-¿En serio?
-En serio. Llamó al canal 13 tiempo después, cuando ya era famoso en todo el mundo, y testigo de esto fue Antonio Menchaca, el productor de Sábados Gigantes.
-¿Menchaca habló con Bronson?
-No, Menchaca me mandó a llamar, y yo hablé con Charles Bronson. Charles Bronson hablaba un español medio agringado.
-¿Y qué le dijo?
-“Habla tu amigo”, fue lo primero que me dijo, “y quiero ver si tú puedes doblarme en algunas películas que estamos haciendo acá en Estados Unidos. ¿Puedes venir?”. Yo le contesté don Charles, y él al tiro me interrumpió: “Dime Carlos no más”. Bueno, Carlos, yo gustoso iría, pero estoy demasiado viejo para reemplazarte a ti. “¿Cómo que viejo?”, me dijo. Y me insiste, y vuelve a decir que yo me parezco muchísimo a él. Y yo le digo: No, Carlos, eres tú el que se parece a mí.
-Lógico, usted era un año mayor que él.
-Sí, pues, pero Bronson era un tipo de muy buen humor, y se reía. Los periodistas de Estados Unidos estaban eufóricos, y me decían que en las oficinas de Charles Bronson estaba lleno de fotografías mías, porque para entonces yo ya había salido en un montón de revistas extranjeras, las más caras del mundo: Manchete, Esquire, otra de Madrid, y siempre a doble página.
Marcelo, su hijo, aprovecha de agregar un dato: “No se olvide, papá, de que usted fue considerado en ese tiempo el modelo mejor pagado de Latinoamérica”.
-¿Ganó mucha plata con todo esto, Fenelón?
-Sí, gané buena plata, y Sergio Riesenberg fue mi maestro.
-Aparte de la campaña de Wrangler, ¿qué otros trabajos hizo por ser igual a Charles Bronson?
-Trabajé en una película con un director italiano, un tal Leonardo Mancini. «Los siete hombres de cobre» se llamaba la película. Silvio Caiozzi era el asistente. Ahí aprendí todas las trampas que se hacen en el cine. Mancini era un gallo rubio, grande, macizo, medio cachetón, con un medallón de oro.
-¿Esa película se rodó en Chile?
-Sí, en Santiago, en el Far West, que quedaba en El Arrayán. Era un western, con indios pieles rojas. Yo aparecía debajo de una carreta disparando como Bronson, con el gesto duro.
-¿Usted era el protagonista?
-Claro, yo era el actor principal, por supuesto.
-¿Y esa película la pudo ver alguna vez?
-No, nunca.
-¿Cuánto duró el rodaje?
-Una semana. Fue a balazo limpio. ¿Le cuento una anécdota?
-Cuente, cuente.
-Que un día, en medio del rodaje, en un ambiente muy bonito, yo andaba buscando a uno de los que hacía de piel roja porque le había prestado un chaleco y quería que me lo devolviera, y abro una carpa y veo a un par de indios pieles rojas besándose a todo lo que da.
-El mundo privado del cine, Fenelón.
-¿Qué me dice? Se estaban besando. Pegaditos los dos, increíble, no querían largarse.
-¿«Los siete hombres de cobre» fue la única película en la que trabajó, aparte del documental de Carlos Flores?
-Sí, la única. Para hacer El Charles Bronson chileno, Carlos Flores venía a buscarme a la oficina de Andes Mar Bus todos los días. Me lloraba. Me decía: Bronson, te doy el 70 por ciento, te doy el 100 por ciento de las ganancias de la película, pero tú tienes que trabajar conmigo, yo ya he visto que tú eres un gran actor. Yo me hacía de rogar, no quería, porque trabajar en cine es muy duro. Usted no tiene horario, y no sabe por la cantidad de pruebas que debe pasar. Sobre todo si es cine de acción, como el que me gusta a mí.
-¿Por qué es tan duro hacer ese cine?
-Porque a veces se trabaja hasta las tres, cuatro de la mañana, y hay escenas que se repiten hasta treinta veces. A mí me repetían una vez, dos como mucho. Pero en la película de Mancini, por ejemplo, había un sargento gordo mexicano que transpiraba con el calor y a él lo repetían hasta cincuenta veces. Era agotador. Lo mío era mucho más rápido. Yo tenía que enfrentar a los bandidos y métale matar indios, yo mataba cualquier cantidad de indios. Mire, con la experiencia cinematográfica que tengo -porque yo además tengo estudios, yo estudié cine a distancia, y en Buenos Aires y en Chile me he comido muchos libros de cine, sobre todo de dirección de cine-, yo con todo el cine que llevo adentro puedo hacer reír y emocionar mucho a la gente. A mí eso es lo que más me gusta. No ese cine tonto y aburrido. Mire, le pongo un ejemplo: si a mí me hubieran dado un pedacito del final de la teleserie Los Pincheira, yo mato como a cuarenta gallos.
-Había que hacer algo más fuerte, dice usted.
-Claro, porque a la gente le gusta tener sensaciones. Yo en Los Pincheira habría puesto carretas rellenas con cadáveres, porque lo que hacían estos bandidos eran verdaderas matanzas. Yo habría hecho que se vieran los cadáveres con las patas tiesas.
Bien dramático, dice usted.
-Dramático, amigo, dramático. Hay que dar dramatismo con todos los recursos posibles: con cartuchos de dinamita, con explosiones, que se vean hartos muertos, ¡eso es lo lindo! Pero siempre cuidando a las estrellas. Las estrellas no pueden morir jamás, tal como lo hacen en Estados Unidos, esos quedan vivos. En el cine chileno los matan. Yo en mis guiones no los mato nunca. A los extras los mato a todos, caen como piojos, pero en mis películas las estrellas no mueren.
En el documental de Carlos Flores del Pino, estrenado en 1984, Fenelón cuenta historias increíbles, como sus peleas de box en el norte haciéndose llamar Fernando o Julio Cárdenas, o una travesía que hizo arriba de un tren de carga junto a la Rosita, “una chica divina” de la que él se enamoró, en un viaje donde se encontró con “filósofos y científicos rusos, checoslovacos e ingleses, tipos intelectuales, de gran cultura, que se sienten más libres viajando de esta manera”. En la última parte del documental, Carlos Flores puso a disposición de Fenelón Guajardo todos los recursos necesarios para que él filmara una de sus propias historias, y Fenelón escogió la de Juan Rosas, millonario contrabandista que visita el cabaret de la María Repollo y protagoniza allí una tremenda pelea.
-Oiga, retomando lo de la película de Carlos Flores, usted se hizo de rogar pero al final aceptó trabajar con él.
-Sí, es verdad. Y esa producción fue hecha con grandes sacrificios. Chilefilms entonces no funcionaba para nada. Y todo costó muchísimo. Pero déjeme decirle que lo que a mí más me gusta son los western. Yo quiero hacer un western. Que me tiren a mí a hacer una película.
-Con Carlos Flores lo hizo. El le dio la oportunidad. Usted con él filmó una escena tal como se le dio la gana hacerlo.
-Sí, yo hice mi escena, pero igual me censuraron. Yo imitaba a Sergio Riesenberg, que era un loco con la cámara, y me metía a filmar por abajo a las mujeres bonitas, buscando emoción. Sin calzones, decía yo, porque lo que el público quiere es cacheteo. También metí lesbianas besándose, porque eso era una fiesta en un cabaret, y yo lo hice con respeto. Yo quería mostrar a las putas como son, bien reales, yo quería que se vieran homosexuales reales, peleas reales, yo quería mostrar un cabaret tal como eran los cabaret de Taltal, ese pueblo maravilloso donde yo nací.
-¿Cómo eran los cabaret de Taltal?
-Taltal era la ciudad libre de América. En Taltal hubo una época en que había diecinueve bancos y veinte cabaret. No se les decía prostíbulos; no, señor. La mujer que trabajaba allí era respetada, y lucía vestidos importados, y zapatos franceses, y unas sedas transparentes de Oriente. ¿Quiere saber cómo funcionaban los cabaret de Taltal?
-Sí, claro.
-Mire, siempre había dos homosexuales, que se comportaban como matrimonio. Eran respetuosos: no se metían ni con las mujeres del prostíbulo ni con los clientes. Eran correctísimos, severos y aplicados, y cumplían tres funciones: excelentes cocineros, garzones y policía interior. Me acuerdo de algunas mujeres famosas: la Negra Tato, la Chata Rosa, la Trimotor, la Madre de los Buques. Yo no sé de dónde se conseguían en esos cabaret mujeres tan bellas, teutonas, rellenitas. Mujeres con cadera y potito parado, bien encachadas, no como esas flacas desabridas de ahora, que parecen hombres. Se trastocaron los valores. En esa época todas las noches había una fiesta grande en Taltal. Fue una época esplendorosa, maravillosa, que la gente joven no vivió, y esto se ha ocultado siempre, porque los demás pueblos estaban llenos de curitas y gente mojigata que cree que hay que pasarse la vida rezando y confesando culpas. Taltal no, Taltal era diferente. Taltal era agnóstico y feliz.
-Me imagino que sus películas están llenas de cabaret como los de Taltal.
-Yo soy tremendo. Yo quiero tener un día la oportunidad de dirigir aunque sea las últimas escenas de una película de aventuras, fuerte, un western. A mí lo que me gusta son los western. Con bandidos-bandidos, no con esas caricaturas de bandidos que salen en Los Pincheira, unos gallos que dan pena por lo pencas que son.
-¿Cuántas películas tiene usted escritas?
-Puf, tengo más de cincuenta guiones. Tengo uno que se llama «La alfombra de la tía Virginia», extraordinario, una historia muy bonita. Es una historia fronteriza, que en una parte sucede con el vocabulario sucio de los argentinos, ¡che, hijo de puta, vení, andate a la mierda!, y que después se mezcla con un idioma más local, porque cuando uno produce cine, uno debe pensar en un mercado grande. Tiene que ir a Europa, a Estados Unidos, y no quedarse encerrado en el mercado chico de Chile. Chile no tiene dirección cinematográfica. Yo quisiera ser director cinematográfico del cine chileno, una especie de instructor, para decir: esto se va a hacer, esto no se va a hacer. Y el guión por supuesto que también tiene que ser mío, porque yo soy agnóstico y no me gusta la censura. Chile es un país multifacético, lleno de escenarios naturales donde hacer cine: tenemos la isla de Pascua, tenemos el desierto, tenemos Valparaíso, tenemos los cabaret.
-Leí una crónica en la que usted decía que cuando murió Charles Bronson, en septiembre de 2003, fue como si se le hubiera muerto un hermano. ¿Tanto lo afectó?
-Claro, por supuesto que sí. Porque usted debe saber que Charles Bronson a mí me salvó la vida.
-¿Se la salvó de verdad, literalmente, o en sentido figurado?
-Mire, yo le voy a contar. Pero usted no se confunda, porque yo no tengo nada que ver con política. Resulta que una noche me quedé fuera de mi departamento en el centro porque andaba sin las llaves y me puse a dar vueltas, pero estaba todo cerrado porque había toque de queda, y de repente voy por ahí por Amunátegui con San Pablo y de lejos veo un grupo de militares y uno de ellos me dice: Alto, ahí, conchatumadre, párate, huevón, y ¡pam, pam!, yo sentí que las balas pasaban cerquita de mi cabeza. Las manos arriba, me gritan, y yo obedezco. Oiga, me iban a fusilar; tenís que meterte al grupo, huevón, ya, les digo yo,¡a la pared! Perdone que le hable con palabras crudas, pero un director de cine tiene que ser crudo, y los tipos caían de rodillas llorando, suplicando, y métale patadas a los gallos para hacerlos callar, y entonces ahí yo le dije señor, yo soy el doble de Charles Bronson, el de los programas de Don Francisco. “No te creo, huevón”, me contestó. “Identifícate, mete las manos con cuidado y saca tus documentos”, y yo saco mi billetera y se la tiro. Y el tipo saca el carnet y ve: Fenelón Guajardo. “Fenelón, te pedimos disculpas, pucha, Fenelón, amigo”, y se me acerca un milico con la carabina abajo, suelta, y me vuelve a pedir perdón. Yo entonces vivía en la calle Compañía a la altura del 1800, y los tipos me indicaron por dónde debía irme, porque ya había pasado la patrulla por ahí, y así fue como me salvé. Por eso digo que a mí me salvó Charles Bronson, a él le debo la vida, porque yo iba a ser fusilado; sí, señor, sin miramientos. Después de ser tan aplaudido en Sábados Gigantes, a mí esa noche me iban a fusilar. Gracias a Bronson, a ese ángel que ahora está muerto, yo estoy vivo. Bronson fue bueno conmigo. El siempre me quiso ayudar para que yo trabajara, ganara plata, hiciera mis películas.
-Oiga, bien tremenda su historia del cuasi-fusilamiento.
-Pero si fue muy dramático. Al final me salvaron Don Francisco y Charles Bronson. Angeles; ellos son ángeles. Don Francisco y Charles Bronson fueron ángeles en mi vida. Increíble. Me pillan sin documentos esa noche y me matan.
-¿Todavía lo reconocen en la calle, Fenelón, aunque hayan pasado casi treinta años?
-Sí, pues. Siempre. Y todos me conocen como Charles Bronson. Yo le agradezco a Estados Unidos por haber tenido ese gran hijo que fue Charles Bronson, un ángel.
-¿Es verdad que a usted no le gusta el nombre Fenelón, y que ha querido cambiárselo y ponerse Charles Bronson?
-Mire. No me gusta nada el nombre Fenelón, y muchos abogados me ofrecieron cambiarme de nombre, pero ¿sabe? No me lo voy a cambiar porque el primer famoso fue mi padre, Fenelón Guajardo Torres, un hombre que vendió loza a Alemania, Inglaterra, Francia. Y en su memoria no pienso cambiarme el nombre... Oiga, Francisco, antes que se vaya, déjeme decirle algo. Usted se parece mucho a un hermano que yo perdí, a mi hermano Carlos, la misma mirada, y además me cayó bien, así que si hay una película buenona por ahí, lo voy a invitar para que trabaje conmigo.
-Ya, pues.
-Le prometo que sí, me gusta usted, tiene cara de bandido, así que hagamos un western, y yo no lo mato, lo mantengo hasta el final. Matamos a todos los extras, pero a usted lo dejo de protagonista, ¿le parece? Usted tiene una cara como de hereje, ¿sabe? Usted va a pegar en un western: es simpático, le pongo un sombrero, tiene buen físico, y lo hago trabajar con hermosas mujeres a elección suya; con varias, porque usted va a estar en un cabaret con una sentada en su falda, y después aparece otra y usted le pega una palmada en el poto, con respeto, como buen macho.