Tuesday, November 22, 2005

Un electricista en Londres

Despliego encima de mi escritorio recortes de diarios de hace unos días.
Sábado 23 de julio de 2005: “Con cinco balazos remataron a sospechoso. Tenía aspecto paquistaní. La policía británica estrenó ayer la autorización de disparar a matar si se está ante un sospechoso que se dispone a hacer estallar una bomba, aunque aún no se confirma si el fallecido llevaba algún artefacto explosivo. Según la BBC, el presunto terrorista ya estaba bajo vigilancia policial cuando entró a la estación del metro porque había sido visto saliendo de una de las casa indagadas por la policía británica”.
Domingo 24 de julio: “Hombre acribillado por la policía en Londres no era terrorista. Se trataba de un electricista brasileño de 27 años que vivía hace tres en la capital británica. Jean Charles de Menezes contaba con todos sus papeles de migración en regla y había llegado al país desde la provincia de Gonzaga, en el estado de Minas Gerais”. “Fue un lamentable error. Así definió la policía británica el incidente del viernes pasado en que dispararon a un hombre en la estación de metro Stockwell, creyendo que se trataba de un terrorista”.
Lunes 25 de julio: “Scotland Yard se disculpa pero insiste en disparar a matar. Indignación en Brasil por la ejecución de ciudadano inocente. La Policía lamentó ayer la muerte en el metro de Londres de un ciudadano brasileño que fue acribillado a quemarropa por agentes de seguridad, pero insistió en que seguirá adelante con su política de disparar a matar a los sospechosos de posibles atentados suicidas. Esta es una tragedia. La Policía Metropolitana acepta su total responsabilidad por lo que sucedió, y sólo puedo manifestar a la familia que lo lamento profundamente, dijo el comisario de Scotland Yard Ian Blair”. La crónica se acompaña con una fotografía de gran tamaño en la que se ven desconsolados los padres del electricista, María y Matzinhos, cada uno con una fotografía en sus manos de su hijo Jean Charles. “Los familiares del joven se mostraron indignados con el accionar de Scotland Yard, y afirmaron que la intención de Menezes era quedarse tres años más en el Reino Unido y después volver a su pueblo natal para comprar un terreno y criar ganado. El padre del joven, Matzinhos, dijo que hace cuatro meses, cuando su hijo fue a visitarlos a Brasil, le advirtió de lo peligroso que podía ser vivir en Londres. No hay violencia, allá se está bien y nadie anda armado, le respondió Menezes.
Martes 26 de julio: “Ocho balazos fueron los que mataron a Jean Charles de Menezes en la estación de metro de Stockwell. Siete disparos en la cabeza y uno en la espalda, tres más de lo que se dijo el primer día, lo que no hace ninguna diferencia para quienes lo lloran en Brasil y en Londres. Patricia Armani, prima de Menezes, contó que él estaba feliz porque ayer comenzaba un nuevo empleo. Y su amiga Sonia María de Oliveira aseguró que había hablado de comprarse una motocicleta para evitar andar en metro”.
Miércoles 27 de julio: “Famosa abogada vería caso de brasileño. Gareth Pierce podría asumir el caso de la muerte del brasileño Jean Charles de Menezes. Así lo sugirió ayer el diario Folha de Sao Paulo. Pierce alcanzó notoriedad pública en Gran Bretaña por su participación en la defensa de Gerry y Giuseppe Conlon, dos irlandeses acusados de pertenecer al IRA”.
Jueves 28 de julio: “El Presidente brasileño, Lula, llamó por teléfono a la familia de Menezes para expresarle sus condolencias e informar sobre las acciones de su gobierno para el traslado del cuerpo en las próximas horas”.
Viernes 29 de julio: Jean Charles de Menezes ya no es noticia.
El arte de desaparecer

Llevo varios días obsesionado con el escritor suizo Robert Walser. Elías Canetti dice que un personaje tan singular como Walser no hubiera podido inventarlo nadie. Es verdad: no existe ningún personaje de ficción que se haya internado voluntariamente en un manicomio los últimos veintitrés años de su vida, hasta el mismo día de su muerte, en la Navidad de 1956, cuando un grupo de niños encontró su cuerpo tendido en la nieve horas después de que Walser había salido a dar un paseo, como era su costumbre.
Leo acerca del último sonido provocado por la humanidad de Walser en este mundo: “El ruido que produce al caer sobre la nieve el cuerpo de un viejo”. Llevo a Walser a cuestas, pienso en sus gestos radicales, en su decisión de desaparecer del mundo, de abocarse a los paseos y al silencio como un camino posible, como antídoto al ruido ambiente que en momentos abruma: “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”.
Me emociona Walser: “El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez”. Impresiona saber que aquel paseo que relata sucedía en plena Primera Guerra Mundial. El mismo lo escribe: “Reconocí o creí deber reconocer que quizá el hombre interior sea el único que en verdad existe”. En eso estaba, procesando a Walser, releyendo sus paseos, “su andar errante en la niebla por una carretera perdida”, cuando la otra noche el relato de una amiga, Catalina, nos dejó mudos a todos los que estábamos con ella. Su papá había muerto hacía unos meses, y la mayoría de nosotros no lo sabíamos.
Mi amiga sintió el impulso de contar, y relató una experiencia difícil de olvidar. Su papá tenía 65 años, estaba separado de su mamá hacía un tiempo y vivía solo desde hace un par de meses en una pieza en el centro, en calle Cumming. Delicado de salud, arrastraba algunos problemas al corazón. Dos semanas antes de morir, tal vez olfateando su destino, se pasó una semana entera viviendo en la casa de esta hija y disfrutando a sus nietos. Días después, un viernes de mayo de este año, llamó al anochecer a su hija Catalina desde su teléfono celular para decirle que se sentía muy mal, que le faltaba el aire. El papá siempre recurría a ella en momentos difíciles. Mi amiga le dijo que tomara urgente un taxi y se fuera a la Clínica Dávila, que ella partía de inmediato para allá. Catalina llamó a uno de sus hermanos para avisarle que el papá se sentía mal, y que todos se estaban yendo en ese momento a la clínica. Este hermano de Catalina sintió el impulso de saber más y llamó a su padre al celular, y esta vez contestó un señor de la calle, un transeúnte que pasaba por ahí: “Lo siento, señor, su padre está muerto, está aquí en la calle, en Moneda con Cumming”. Lo que siguió es la novela de morirse sobre una vereda. Los carabineros acordonan el lugar, los de la Brigada de Homicidios se demoran en llegar, hay que ubicar al juez para que dé la orden de levantar el cuerpo, y entretanto se supone que es ilegal tocar a tu padre, al que ves tendido en el suelo, inmóvil, nunca más desvalido y silencioso que en ese momento, las horas que demora la burocracia en certificar tu muerte.
A la mañana siguiente de haber escuchado el relato de mi amiga, un e-mail de otra amiga, Macarena, vuelve a sorprenderme: está triste porque el sábado que pasó se cumplía un mes desde que murió su mamá. Le contesto sobre la marcha y al cabo de unos minutos me llama por teléfono. Quiere contarme, necesita desahogarse: “Yo estaba en el zapatero cuando mi papá me llamó al celular y me dijo: parece que tú mamá se murió. Corrí hasta la casa de mis padres y era verdad. Se murió durmiendo siesta. Fui la última en hablar con ella ese día, por teléfono, a las cuatro de la tarde. Me empezó a contar una historia y le dije que después siguiéramos hablando, que mejor descansara. Se durmió de nuevo. Mi papá estaba de espaldas a ella en la pieza jugando en el computador. En un momento mi mamá se sentó en la cama y dijo “¡Ricardo, Ricardo!”, y después probablemente se murió. Y mi papá sólo se dio cuenta más tarde. Algunos dicen que morirse en el sueño es la mejor muerte. Para los que quedamos no es así, es lo mismo que si se hubiera caído en un avión o la hubiesen atropellado. No lo esperábamos, no estábamos preparados”.
Nadie puede con la muerte, sólo cambia el sonido que la acompaña. Con Walser se escuchó el ruido que produce al caer sobre la nieve el cuerpo de un viejo. Al papá de Catalina le sonó el celular cuando ya no pudo contestarlo. La mamá de Macarena llamó a su esposo antes de respirar por última vez. Recuerdo haber leído que el poeta Fernando Pessoa pidió con angustia que le acercaran sus lentes justo antes de morir. ¿Qué querría ver?

Wednesday, October 05, 2005

Rubem Braga

Tomaba whisky de manera furiosa. Dentro de lo posible, Johnny Walter etiqueta negra. Valoraba el buen destilado, y no le importaba demasiado la hora de la ingesta: podía ser a media mañana, de aperitivo, al almuerzo, junto al té o después de comida. O todas las anteriores. Tomaba como un cosaco. Bajaba botellas sin pudor, a ratos en una terraza de Ipanema acompañado de su buen amigo Vinicius de Moraes, a ratos en solitario mirando una ventana y escribiendo crónicas inmortales para el periódico.
Como buen brasilero, nunca pensó que el whisky era un bajativo. Prefería vivirlo intensamente, como un compañero de ruta. Según Jorge Edwards, que fue el primero en hablarme de él, hace asunto de dos meses, Rubem Braga se constituyó en el primer bebedor feroz de whisky que hizo su aparición en el mundo literario chileno. Vino a Chile en los años cincuenta, en misión diplomática, más por casualidad que por vocación. Se instaló en un departamento de calle Roberto del Río, y todas las noches bajaba al centro. Cuenta Edwards en El whisky de los poetas: “Bajaba a la casa de Neruda en el San Cristóbal, al departamento de Enrique Bello en Teatinos, a los talleres de la calle Merced esquina Mosqueto, armado de unas botellas compactas, cúbicas, auténticamente escocesas, que a nosotros nos parecían milagrosas. Era frecuente que al final de esas noches se olvidara de dónde había dejado su automóvil y tuviera que regresar a Roberto del Río en taxi. Como era, a pesar de las apariencias, persona sensata, optó por trasladarse a vivir en un hotel del centro”.
Azuzado por Edwards, que no dudó en calificar a Braga como uno de los grandes cronistas de todos los tiempos, fui a buscar sus textos. Y me encontré con que en la embajada de Brasil en Chile hay algunos de sus libros en portugués y también un antiguo proyecto para traducir al castellano algunas de sus crónicas, partiendo por las que escribió estando en Chile.
La primera crónica que leí de Braga se titula “Mi ideal sería escribir” y me dejó embrujado. Intento resumirla, pero debo contarla hasta el final. Empieza diciendo que su ideal sería escribir una historia tan divertida, pero tan divertida que aquella mujer que está sufriendo dentro de una casa gris tome el periódico, lea la historia y se sorprenda de su propia risa. Que luego llame a dos o tres amigas por teléfono para contarles esta historia, graciosa, entretenida. Lo que quiere Braga es que su historia sea como un rayo de sol, caliente, vivo, en la vida de aquella mujer recluida, enlutada, doliente. También quiere el cronista que su historia la lea una pareja de ciudadanos que están peleados entre sí, que no se hablan, y que la lectura de esta historia, divertida a más no poder, sirva para que recuperen la risa y la alegría perdida de estar juntos.
Braga quiere que en las cárceles, y en los hospitales, y en las salas de espera esa historia tan graciosa llegue a muchos lectores, y se haga tan irresistible, tan colorida, tan pura, que hasta el comisario se ablande y deje libres a los hombres y mujeres a los que ha tomado presos la noche anterior bajo el compromiso de que se comporten. El cronista quiere que esa historia se cuente en todos los idiomas y se la atribuyan a un persa, a un nigeriano, a un australiano, a un japonés, a un hombre de Chicago, y quiere también que en todas las lenguas conserve su frescura, su encanto sorprendente, y que en el fondo de una aldea china remota un chino diga: “Nunca oí en toda mi vida una historia tan divertida y tan buena; valió la pena haber vivido hasta hoy para oirla. Esa historia no puede haber sido inventada por un hombre, fue con certeza un ángel que se la contó al oído a un santo que dormía, y el ángel pensó que estaba muerto”.
Y cuando al cronista Braga le preguntaran de dónde sacó esa historia, él diría que la escuchó por casualidad en la calle, contada de un sujeto a otro, para ocultar la humilde verdad: que él inventó toda esa historia en un solo segundo “cuando pensó en la tristeza de aquella mujer que está sufriendo, que siempre está sufriendo y siempre está de luto y sola en aquella pequeña casa gris de mi barrio”.
Así es Braga. Escribe con los ojos y la mente y el corazón puestos en la vida cotidiana, en los vecinos, en los parroquianos de los bares, en las mujeres y los ancianos y los niños que andan por las veredas con sus historias a cuestas sin que el periódico se entere siquiera de lo que piensan y sienten. “Escribo de pálpito, así como otros tocan el piano de oído”, ha dicho. Y no queda otra que leerlo y después aplaudirlo de pie, como se hace cuando termina un concierto de categoría.

(Publicado en Revista "El Sábado" (1 de octubre de 2005)



El Charles Bronson chileno

Se llama Fenelón Guajardo López, pero en Chile todo el mundo lo conoce como Charles Bronson. En 1975 fue a la televisión y se presentó en un concurso de dobles de famosos en Sábados Gigantes. Ese mismo día le cambió la vida: arrasó con todos los premios y él mismo se hizo famoso en cuestión de minutos.
Los que lo estaban viendo en sus casas y en el estudio no podían creerlo: Fenelón Guajardo era igual-igual al actor de cine y televisión Charles Bronson; el mismo corte de pelo, el mismo bigote, los mismos ojos achinados, la misma cara de recio.
El Bronson chileno aprovechó sus quince minutos de fama, ganó buena plata actuando en avisos publicitarios para la marca de jeans Wrangler, y se dio el lujo incluso de trabajar en un western con un director italiano.
En 1984, Carlos Flores estrenó el documental «Idénticamente igual, o el Charles Bronson chileno», donde el propio Fenelón Guajardo contaba su historia y remataba la película dirigiendo una escena de todo su gusto en un cabaret del norte.
Fue lo último que se supo de su vida en muchos años. Arranchado en Viña del Mar, Fenelón dejó de ser hombre público y volvió a lo que mejor sabía hacer: dibujar y pintar. Pintar cuadros al óleo, pintar letreros comerciales, pintar escenas por encargo y en todos ellos estampar su firma a mano alzada: “Bronson”.
Pintar y también escribir guiones. Escenas de películas crudas, fuertes, realistas; películas con acción, erotismo, romance y suspenso; películas en las que el protagonista nunca muere y los extras caen todos acribillados a balazos.
En septiembre de 2003, el verdadero Charles Bronson murió en Estados Unidos. Una periodista del diario La Segunda llamó a Fenelón a su casa en Viña para contarle la noticia, y del otro lado del teléfono escuchó primero un silencio y después algo parecido a un sollozo: “No lo puedo creer, qué pena más grande, Dios mío. Yo lo quería mucho. Es como si muriera un hermano”.

Julio de 2004. Llamo a Fenelón Guajardo a su casa para pactar una entrevista y contesta su señora, Elizabeth. Ella dice que encantada me reciben mañana en Viña del Mar a las cuatro de la tarde.
A la hora señalada del día siguiente, toco el timbre y me sale a recibir Fernando Guajardo, hijo mayor de Fenelón, también de bigotes, dueño de un aire bronsoniano, pero todavía lejos de ser físicamente como su padre, el auténtico Charles Bronson chileno.
En el living de la casa hay expuestos varios cuadros de Bronson, todos ellos de colores fuertes, vivos.
Pienso en Fenelón Guajardo. Me pica la curiosidad verlo pronto. ¿Estará con el pelo totalmente blanco? ¿Seguirá siendo igualito a Charles Bronson? Mal que mal, ahora tiene 82 años, y fotos suyas no se ven desde la época del documental de Carlos Flores.
Advierto que la mesa del comedor está servida con un suculento cóctel: queso y aceitunas, salame, sándwiches en pan de molde de jamón con palta, huevos de codorniz, galletitas, pasta de mariscos. Pregunto por qué y la respuesta, tímida, confirma la sospecha: es para recibir al periodista. Acto seguido, me ofrecen un aperitivo, una vaina. Acepto. Y bebo en honor a Fenelón, que justo entonces hace su entrada al living de terno oscuro y corbata roja. Está intacto, pero, claro, más viejo: es el Charles Bronson chileno, no hay duda. Su pelo no es blanco, sino café, igual que su bigote.
Se suceden los saludos y las presentaciones de rigor: su señora, sus dos hijos hombres, su nuera, su nieta Estefanía, que estudia periodismo, su otro nieto. La otra hija, Marisol, está trabajando en la universidad, es master en matemáticas. Todos nos ponemos cómodos. La entrevista no será un asunto entre nosotros dos: será un asunto de familia.

Lo primero que hacemos es hablar de pintura. Bronson le pide a uno de sus hijos que le traiga un pequeño álbum con fotografías de sus cuadros, y habla con orgullo y simpatía de cada uno de ellos: “Vea usted, aquí, las mejores chorrillanas del bar Cinzano en Valparaíso. O este otro: fíjese en el brillo del vestido de esta mujer. ¿Qué le parece esta dama que posó con minifalda tomándose un helado? Le cuento: a esta mujer, la del local Karma, se la comieron a besos los estudiantes, así que hubo que entrarla al negocio. Pero mi obra mayor es esta otra: el mural del Café Journal de Viña. Este cuadro cuesta como cinco millones de pesos, y los pintores de la zona me han felicitado. Vea: aquí está el dueño del negocio, aquí el Gato Alquinta, aquí un periodista que se llama Telmo Aguilar, aquí la Juanita Parra, aquí el otro Parra, aquí Alvaro Mutis. Fíjese en el brillo del vaso porque se le acabó el vino, ¿le gusta mi cuadro?”.
-Me gusta. ¿Usted ya pintaba cuando se hizo famoso como el Charles Bronson chileno?
-Sí, por supuesto. Antes de hacerme famoso con los concursos de Don Francisco yo era experto en pintura publicitaria, en cómo llamar la atención desde la vitrina, en cómo promover una oferta. Además, yo había hecho dibujos de prensa en muchos diarios de Chile, y de esto sabrán los antiguos. El diario Impacto, el diario Noticias Gráficas, el diario El Chileno. Yo dibujaba portadas de diarios. Más adelante trabajé en murales gigantescos. Yo le hice un mural enorme a Jorge Alessandri en la Alameda cuando fue candidato a la Presidencia en 1958. Tenía un equipo grande de pintores que me ayudaban, yo los dirigía, y nos amanecíamos pintando. Yo hacía los bocetos y ellos los ejecutaban. En Santiago a mí me decían el señor Guajardo, porque yo vestía con mucha elegancia, me gustaba la vanidad. Todavía no era Bronson.
-¿Cuándo empezó a ser Bronson?
-Después, mucho después. Charles Bronson no fue conocido en Chile hasta mucho tiempo después. Me acuerdo que yo era pintor de letras y tenía mi propia agencia de publicidad, antes del 70, y Don Francisco me encargó un trabajo y ahí supo de mí, y ahí vio que yo era muy parecido a Charles Bronson. Antes de eso yo vivía en otra cosa. Yo trabajaba para la Casa Daisy Fantasías, ahí cerca del Bim Bam Bum, y alguna vez trabajé también para el Maipú de Buenos Aires, donde me tocó pintar a las bailarinas semidesnudas y con plumas. En esa época yo todavía pintaba al agua y al carbón, todavía no pintaba al óleo, eso vino después, cuando conocí a mi amigo Camilo Mori y a Pacheco Altamirano, que fue mi profesor en el Bellas Artes.

Mucho antes de ser Charles Bronson, Fenelón Guajardo López fue boxeador y patiperro. Algunas veces viajó escondido en trenes y barcos. Hubo una época de su vida, cuando era muy joven, poco más que adolescente, en que no tuvo ni para comer. Pero el hombre cultivaba un talento especial para sobrevivir y además poseía condiciones naturales para el dibujo. Gracias a la pachorra adquirida peleándole al que le echaran por delante, Fenelón fue venciendo los obstáculos que le puso la vida y, de vuelta en Chile desde Argentina y Uruguay, a mediados de los años cincuenta, formó una familia sin abandonar jamás la bohemia que tanto le gustó siempre.

-¿En qué estaba cuando se presentó al concurso de Sábados Gigantes?
-¿Sabe? Yo no quería presentarme. Pero en la casa todos me miraban con cara de cómo es posible que no te presentes. Yo vivía en el centro, en la calle Rosas, y trabajaba en Andes Mar Bus. Estaba a cargo de la publicidad de los buses. Y el día del concurso del doble de Charles Bronson los vecinos casi echan abajo a patadas la puerta del departamento. Eh, amigo Bronson, vaya al canal 13, Don Francisco lo está llamando. Era verdad: a cada rato salía la cabeza de Don Francisco en la pantalla diciendo que los que se parecían a Charles Bronson fueran al estudio de Sábados Gigantes, en la calle Lira. Yo no pescaba. Yo entonces no me sentía Charles Bronson. Pero yo veía que todo el mundo estaba angustiado porque no quería ir.
-¿Y qué pasó entonces?
-Cuando faltaban veinte minutos para que se cumpliera el plazo, mi hija Marisol se sentó en mi falda y me dijo papito, hazlo por mí, y botó una lágrima, y me dio un besito, y yo me emocioné. Ya, dije, por ti lo voy a hacer. Y todos se pusieron contentos.
-¿Partió con lo puesto?
-Más o menos: me arreglaron un poco, me pusieron una polera como la de la foto de Charles Bronson que mostraban en la televisión, un medallón, un pantalón de la moda de la época, uno color ladrillo, ancho, y partí con mi hijo Marcelo en el taxi de un vecino porque mi auto andaba sin bencina.
-¿Cómo fue la llegada al estudio?
-Increíble. Casi no se podía pasar por la calle Lira, estaba repleto. Jamás un concurso de Don Francisco había movido a tanta gente.
-¿Ese día sólo se presentaban dobles de Charles Bronson?
-Sí, sólo dobles de Charles Bronson.

Marcelo Guajardo, el hijo que lo acompañaba, cuenta que le estaban reservando el número 13 a su papá porque algo sabían ya de su existencia, parece que Don Francisco sabía que él iba a llegar: “Nosotros en la familia no ubicábamos al famoso Charles Bronson, pero lo que sí sabíamos era que el actor que aparecía en pantalla era igual a mi papá. Había una tremenda fila, inmensa, y del estudio empezó a salir gente a verlo a él. Parece que se corrió la voz de que había llegado uno igualito a Charles Bronson, porque hubo gente que salió a mirarlo y otros que fueron a saludarlo. El Pollo Fuentes, por ejemplo”.
Fenelón quiso arrancar, sintió nervios, pero al final entró al estudio y de inmediato percibió una gran expectación. Empezaron a presentar a los concursantes uno a uno, y cuando le tocó a él, y lo entrevistaron, el estudio casi se vino abajo. El mismo lo recuerda así: “La gente gritaba se pasó, se pasó, toda la gente se paró, decían que yo era igual, y yo pienso que esto mismo ocurrió en todas las casas y departamentos de Chile. Fue emocionante”.
-Tengo un vago recuerdo de cabro chico de esa escena, lo estoy viendo a usted de Charles Bronson al lado de Don Francisco.
-Yo sentí que se provocaba un terremoto en el estudio. Me corrieron las lágrimas. No pude aguantar la emoción grande. No me salía la voz. Don Francisco, enredado en un cable, me preguntó por qué me había presentado, una pregunta medio obvia, y yo le dije: “Por participar, nada más”. Y así, para callado, con el micrófono abajo, Don Francisco me dice quédate tranquilo, porque todos esos premios que estás viendo ahí van a ser tuyos.
-¿Qué se ganaba en el concurso?
-Cinco carros de supermercado repletos de comestibles, que los repartí con los amigos del vecindario, una silla mecedora, una mesita de living y 500 pesos de la época, que no era mucha plata, pero tampoco era poca cosa.
-Después de ganar el concurso de Bronson, usted participó en la gran final con todos los otros dobles de famosos, y volvió a ganar.
-Así es, las mujeres eran peligrosas, podían ganarme, estaba la Liza Minelli, la Sophia Loren, la Olga Guillot, pero al final gané yo, ganó Charles Bronson.
-¿Su vida cambió para siempre?
-Fue tremendo. La gente no me permitía trabajar en la calle. Yo me escondí, y pasé angustia, porque tuve que empezar a darme vueltas con lo que había ganado sin poder salir a trabajar. Era una cosa de locos.
-El precio de la fama.
-Sí, pero si lo miro desde otro punto de vista, tengo que decir que agradezco a Chile porque me di cuenta de que tenía alrededor mío una familia grande. Y la tengo hasta hoy, porque todo el mundo me conoce. Donde voy, hola, Bronson. Me conocen hasta los diputados, porque usted no sabe que la película en la que yo trabajé se dio en el Congreso y la vieron todos los diputados.
-¿La película de Carlos Flores, el documental del Charles Bronson chileno?
-Sí, y le aclaro que esa película la dirigí yo.
-Usted dirigió la última parte, donde filma una escena a su pinta.
-Sí, un western, y como yo ya había hecho práctica con Sergio Riesemberg no me costó demasiado.
-¿Por qué dice que hizo práctica con Sergio Riesenberg?
-Porque con él tuve que filmar todos los spots de Wrangler, como treinta, y ahí estuvimos siete días trabajando sin parar. Casi me muero esa vez, porque en uno de los avisos este loco me hizo saltar arriba de unos edificios en la calle Suecia.
-¿Cómo?
-Tal cual. Llegamos un día a las siete de la mañana, y yo tenía que correr siete, ocho metros y pegar un salto y colgarme de una grúa.
-¿Y eso tuvo que hacerlo arriesgando el pellejo?
-Claro que sí, porque los avisos eran con realismo extremo. Y le confieso que cuando iba en el séptimo piso, yo quise soltarme, quise matarme. Eso era demasiado. Nunca en mi vida, con toda la fuerza que yo tenía entonces, me sentí igual. Por eso, cuando vi una mancha grande, una lona, y hartos cascos, ya me sentí más cerca, y ahí me solté, y caí a la lona, y los obreros de la construcción me aplaudieron y se rieron y me dijeron allá está el baño, amigo Bronson.
-A ver, rebobinemos un poco la cinta. Estos spots de Wrangler fueron justo después de que usted había ganado la finalísima de Sábados Gigantes.
Sí, fue poco después. Oiga, ¿usted sabe que el auténtico Charles Bronson me llamó desde Estados Unidos para llevarme a Hollywood?
-¿En serio?
-En serio. Llamó al canal 13 tiempo después, cuando ya era famoso en todo el mundo, y testigo de esto fue Antonio Menchaca, el productor de Sábados Gigantes.
-¿Menchaca habló con Bronson?
-No, Menchaca me mandó a llamar, y yo hablé con Charles Bronson. Charles Bronson hablaba un español medio agringado.
-¿Y qué le dijo?
-“Habla tu amigo”, fue lo primero que me dijo, “y quiero ver si tú puedes doblarme en algunas películas que estamos haciendo acá en Estados Unidos. ¿Puedes venir?”. Yo le contesté don Charles, y él al tiro me interrumpió: “Dime Carlos no más”. Bueno, Carlos, yo gustoso iría, pero estoy demasiado viejo para reemplazarte a ti. “¿Cómo que viejo?”, me dijo. Y me insiste, y vuelve a decir que yo me parezco muchísimo a él. Y yo le digo: No, Carlos, eres tú el que se parece a mí.
-Lógico, usted era un año mayor que él.
-Sí, pues, pero Bronson era un tipo de muy buen humor, y se reía. Los periodistas de Estados Unidos estaban eufóricos, y me decían que en las oficinas de Charles Bronson estaba lleno de fotografías mías, porque para entonces yo ya había salido en un montón de revistas extranjeras, las más caras del mundo: Manchete, Esquire, otra de Madrid, y siempre a doble página.
Marcelo, su hijo, aprovecha de agregar un dato: “No se olvide, papá, de que usted fue considerado en ese tiempo el modelo mejor pagado de Latinoamérica”.

-¿Ganó mucha plata con todo esto, Fenelón?
-Sí, gané buena plata, y Sergio Riesenberg fue mi maestro.
-Aparte de la campaña de Wrangler, ¿qué otros trabajos hizo por ser igual a Charles Bronson?
-Trabajé en una película con un director italiano, un tal Leonardo Mancini. «Los siete hombres de cobre» se llamaba la película. Silvio Caiozzi era el asistente. Ahí aprendí todas las trampas que se hacen en el cine. Mancini era un gallo rubio, grande, macizo, medio cachetón, con un medallón de oro.
-¿Esa película se rodó en Chile?
-Sí, en Santiago, en el Far West, que quedaba en El Arrayán. Era un western, con indios pieles rojas. Yo aparecía debajo de una carreta disparando como Bronson, con el gesto duro.
-¿Usted era el protagonista?
-Claro, yo era el actor principal, por supuesto.
-¿Y esa película la pudo ver alguna vez?
-No, nunca.
-¿Cuánto duró el rodaje?
-Una semana. Fue a balazo limpio. ¿Le cuento una anécdota?
-Cuente, cuente.
-Que un día, en medio del rodaje, en un ambiente muy bonito, yo andaba buscando a uno de los que hacía de piel roja porque le había prestado un chaleco y quería que me lo devolviera, y abro una carpa y veo a un par de indios pieles rojas besándose a todo lo que da.
-El mundo privado del cine, Fenelón.
-¿Qué me dice? Se estaban besando. Pegaditos los dos, increíble, no querían largarse.
-¿«Los siete hombres de cobre» fue la única película en la que trabajó, aparte del documental de Carlos Flores?
-Sí, la única. Para hacer El Charles Bronson chileno, Carlos Flores venía a buscarme a la oficina de Andes Mar Bus todos los días. Me lloraba. Me decía: Bronson, te doy el 70 por ciento, te doy el 100 por ciento de las ganancias de la película, pero tú tienes que trabajar conmigo, yo ya he visto que tú eres un gran actor. Yo me hacía de rogar, no quería, porque trabajar en cine es muy duro. Usted no tiene horario, y no sabe por la cantidad de pruebas que debe pasar. Sobre todo si es cine de acción, como el que me gusta a mí.
-¿Por qué es tan duro hacer ese cine?
-Porque a veces se trabaja hasta las tres, cuatro de la mañana, y hay escenas que se repiten hasta treinta veces. A mí me repetían una vez, dos como mucho. Pero en la película de Mancini, por ejemplo, había un sargento gordo mexicano que transpiraba con el calor y a él lo repetían hasta cincuenta veces. Era agotador. Lo mío era mucho más rápido. Yo tenía que enfrentar a los bandidos y métale matar indios, yo mataba cualquier cantidad de indios. Mire, con la experiencia cinematográfica que tengo -porque yo además tengo estudios, yo estudié cine a distancia, y en Buenos Aires y en Chile me he comido muchos libros de cine, sobre todo de dirección de cine-, yo con todo el cine que llevo adentro puedo hacer reír y emocionar mucho a la gente. A mí eso es lo que más me gusta. No ese cine tonto y aburrido. Mire, le pongo un ejemplo: si a mí me hubieran dado un pedacito del final de la teleserie Los Pincheira, yo mato como a cuarenta gallos.
-Había que hacer algo más fuerte, dice usted.
-Claro, porque a la gente le gusta tener sensaciones. Yo en Los Pincheira habría puesto carretas rellenas con cadáveres, porque lo que hacían estos bandidos eran verdaderas matanzas. Yo habría hecho que se vieran los cadáveres con las patas tiesas.
Bien dramático, dice usted.
-Dramático, amigo, dramático. Hay que dar dramatismo con todos los recursos posibles: con cartuchos de dinamita, con explosiones, que se vean hartos muertos, ¡eso es lo lindo! Pero siempre cuidando a las estrellas. Las estrellas no pueden morir jamás, tal como lo hacen en Estados Unidos, esos quedan vivos. En el cine chileno los matan. Yo en mis guiones no los mato nunca. A los extras los mato a todos, caen como piojos, pero en mis películas las estrellas no mueren.

En el documental de Carlos Flores del Pino, estrenado en 1984, Fenelón cuenta historias increíbles, como sus peleas de box en el norte haciéndose llamar Fernando o Julio Cárdenas, o una travesía que hizo arriba de un tren de carga junto a la Rosita, “una chica divina” de la que él se enamoró, en un viaje donde se encontró con “filósofos y científicos rusos, checoslovacos e ingleses, tipos intelectuales, de gran cultura, que se sienten más libres viajando de esta manera”. En la última parte del documental, Carlos Flores puso a disposición de Fenelón Guajardo todos los recursos necesarios para que él filmara una de sus propias historias, y Fenelón escogió la de Juan Rosas, millonario contrabandista que visita el cabaret de la María Repollo y protagoniza allí una tremenda pelea.

-Oiga, retomando lo de la película de Carlos Flores, usted se hizo de rogar pero al final aceptó trabajar con él.
-Sí, es verdad. Y esa producción fue hecha con grandes sacrificios. Chilefilms entonces no funcionaba para nada. Y todo costó muchísimo. Pero déjeme decirle que lo que a mí más me gusta son los western. Yo quiero hacer un western. Que me tiren a mí a hacer una película.
-Con Carlos Flores lo hizo. El le dio la oportunidad. Usted con él filmó una escena tal como se le dio la gana hacerlo.
-Sí, yo hice mi escena, pero igual me censuraron. Yo imitaba a Sergio Riesenberg, que era un loco con la cámara, y me metía a filmar por abajo a las mujeres bonitas, buscando emoción. Sin calzones, decía yo, porque lo que el público quiere es cacheteo. También metí lesbianas besándose, porque eso era una fiesta en un cabaret, y yo lo hice con respeto. Yo quería mostrar a las putas como son, bien reales, yo quería que se vieran homosexuales reales, peleas reales, yo quería mostrar un cabaret tal como eran los cabaret de Taltal, ese pueblo maravilloso donde yo nací.
-¿Cómo eran los cabaret de Taltal?
-Taltal era la ciudad libre de América. En Taltal hubo una época en que había diecinueve bancos y veinte cabaret. No se les decía prostíbulos; no, señor. La mujer que trabajaba allí era respetada, y lucía vestidos importados, y zapatos franceses, y unas sedas transparentes de Oriente. ¿Quiere saber cómo funcionaban los cabaret de Taltal?
-Sí, claro.
-Mire, siempre había dos homosexuales, que se comportaban como matrimonio. Eran respetuosos: no se metían ni con las mujeres del prostíbulo ni con los clientes. Eran correctísimos, severos y aplicados, y cumplían tres funciones: excelentes cocineros, garzones y policía interior. Me acuerdo de algunas mujeres famosas: la Negra Tato, la Chata Rosa, la Trimotor, la Madre de los Buques. Yo no sé de dónde se conseguían en esos cabaret mujeres tan bellas, teutonas, rellenitas. Mujeres con cadera y potito parado, bien encachadas, no como esas flacas desabridas de ahora, que parecen hombres. Se trastocaron los valores. En esa época todas las noches había una fiesta grande en Taltal. Fue una época esplendorosa, maravillosa, que la gente joven no vivió, y esto se ha ocultado siempre, porque los demás pueblos estaban llenos de curitas y gente mojigata que cree que hay que pasarse la vida rezando y confesando culpas. Taltal no, Taltal era diferente. Taltal era agnóstico y feliz.
-Me imagino que sus películas están llenas de cabaret como los de Taltal.
-Yo soy tremendo. Yo quiero tener un día la oportunidad de dirigir aunque sea las últimas escenas de una película de aventuras, fuerte, un western. A mí lo que me gusta son los western. Con bandidos-bandidos, no con esas caricaturas de bandidos que salen en Los Pincheira, unos gallos que dan pena por lo pencas que son.
-¿Cuántas películas tiene usted escritas?
-Puf, tengo más de cincuenta guiones. Tengo uno que se llama «La alfombra de la tía Virginia», extraordinario, una historia muy bonita. Es una historia fronteriza, que en una parte sucede con el vocabulario sucio de los argentinos, ¡che, hijo de puta, vení, andate a la mierda!, y que después se mezcla con un idioma más local, porque cuando uno produce cine, uno debe pensar en un mercado grande. Tiene que ir a Europa, a Estados Unidos, y no quedarse encerrado en el mercado chico de Chile. Chile no tiene dirección cinematográfica. Yo quisiera ser director cinematográfico del cine chileno, una especie de instructor, para decir: esto se va a hacer, esto no se va a hacer. Y el guión por supuesto que también tiene que ser mío, porque yo soy agnóstico y no me gusta la censura. Chile es un país multifacético, lleno de escenarios naturales donde hacer cine: tenemos la isla de Pascua, tenemos el desierto, tenemos Valparaíso, tenemos los cabaret.
-Leí una crónica en la que usted decía que cuando murió Charles Bronson, en septiembre de 2003, fue como si se le hubiera muerto un hermano. ¿Tanto lo afectó?
-Claro, por supuesto que sí. Porque usted debe saber que Charles Bronson a mí me salvó la vida.
-¿Se la salvó de verdad, literalmente, o en sentido figurado?
-Mire, yo le voy a contar. Pero usted no se confunda, porque yo no tengo nada que ver con política. Resulta que una noche me quedé fuera de mi departamento en el centro porque andaba sin las llaves y me puse a dar vueltas, pero estaba todo cerrado porque había toque de queda, y de repente voy por ahí por Amunátegui con San Pablo y de lejos veo un grupo de militares y uno de ellos me dice: Alto, ahí, conchatumadre, párate, huevón, y ¡pam, pam!, yo sentí que las balas pasaban cerquita de mi cabeza. Las manos arriba, me gritan, y yo obedezco. Oiga, me iban a fusilar; tenís que meterte al grupo, huevón, ya, les digo yo,¡a la pared! Perdone que le hable con palabras crudas, pero un director de cine tiene que ser crudo, y los tipos caían de rodillas llorando, suplicando, y métale patadas a los gallos para hacerlos callar, y entonces ahí yo le dije señor, yo soy el doble de Charles Bronson, el de los programas de Don Francisco. “No te creo, huevón”, me contestó. “Identifícate, mete las manos con cuidado y saca tus documentos”, y yo saco mi billetera y se la tiro. Y el tipo saca el carnet y ve: Fenelón Guajardo. “Fenelón, te pedimos disculpas, pucha, Fenelón, amigo”, y se me acerca un milico con la carabina abajo, suelta, y me vuelve a pedir perdón. Yo entonces vivía en la calle Compañía a la altura del 1800, y los tipos me indicaron por dónde debía irme, porque ya había pasado la patrulla por ahí, y así fue como me salvé. Por eso digo que a mí me salvó Charles Bronson, a él le debo la vida, porque yo iba a ser fusilado; sí, señor, sin miramientos. Después de ser tan aplaudido en Sábados Gigantes, a mí esa noche me iban a fusilar. Gracias a Bronson, a ese ángel que ahora está muerto, yo estoy vivo. Bronson fue bueno conmigo. El siempre me quiso ayudar para que yo trabajara, ganara plata, hiciera mis películas.
-Oiga, bien tremenda su historia del cuasi-fusilamiento.
-Pero si fue muy dramático. Al final me salvaron Don Francisco y Charles Bronson. Angeles; ellos son ángeles. Don Francisco y Charles Bronson fueron ángeles en mi vida. Increíble. Me pillan sin documentos esa noche y me matan.
-¿Todavía lo reconocen en la calle, Fenelón, aunque hayan pasado casi treinta años?
-Sí, pues. Siempre. Y todos me conocen como Charles Bronson. Yo le agradezco a Estados Unidos por haber tenido ese gran hijo que fue Charles Bronson, un ángel.
-¿Es verdad que a usted no le gusta el nombre Fenelón, y que ha querido cambiárselo y ponerse Charles Bronson?
-Mire. No me gusta nada el nombre Fenelón, y muchos abogados me ofrecieron cambiarme de nombre, pero ¿sabe? No me lo voy a cambiar porque el primer famoso fue mi padre, Fenelón Guajardo Torres, un hombre que vendió loza a Alemania, Inglaterra, Francia. Y en su memoria no pienso cambiarme el nombre... Oiga, Francisco, antes que se vaya, déjeme decirle algo. Usted se parece mucho a un hermano que yo perdí, a mi hermano Carlos, la misma mirada, y además me cayó bien, así que si hay una película buenona por ahí, lo voy a invitar para que trabaje conmigo.
-Ya, pues.
-Le prometo que sí, me gusta usted, tiene cara de bandido, así que hagamos un western, y yo no lo mato, lo mantengo hasta el final. Matamos a todos los extras, pero a usted lo dejo de protagonista, ¿le parece? Usted tiene una cara como de hereje, ¿sabe? Usted va a pegar en un western: es simpático, le pongo un sombrero, tiene buen físico, y lo hago trabajar con hermosas mujeres a elección suya; con varias, porque usted va a estar en un cabaret con una sentada en su falda, y después aparece otra y usted le pega una palmada en el poto, con respeto, como buen macho.
El Teniente Bello

El 9 de marzo de 1914 fue un día desgraciado en la historia de Chile. Esa tarde, o esa noche, no se sabe con claridad qué hora era cuando se lo vio por última vez con vida, el Teniente Alejandro Bello Silva, conocido popularmente desde entonces como el Teniente Bello, se perdió para siempre de la faz de la tierra, en una jornada de viento y neblina. Han pasado más de 91 años desde entonces, y de Bello nunca ha habido un rastro, una señal, un indicio de que su avión Sánchez-Besa haya caído al mar o se haya estrellado en una quebrada. El Teniente Bello y su nave se perdieron misteriosamente entre Culitrín y Cartagena cuando el hombre rendía examen en el aire para obtener su diploma de aviador militar.
Bello no está solo en su silencio. Amigos del Teniente Bello trabajamos hoy, casi un siglo después, para restituir su memoria. Baste un ejemplo: dos artistas chilenos, Iván Godoy y Yanko Rosenmann, preparan desde hace tiempo una gran expedición multifacética para ir en su rescate: desde una exposición multimedia en el Bellas Artes en octubre de 2006 hasta una película en la que intentarán desentrañar todos los significados posibles de su extravío.
En medio de su investigación, Rosenmann y Godoy han dado con documentos y testimonios magníficos. Entre ellos, por ejemplo, el acta escrita a máquina el 24 de abril de 1914, apenas un mes y medio después de su desaparición, en donde la Comisión de Inventario de la Escuela de Aviación Militar da de baja todo lo que el Teniente Bello llevaba consigo cuando se perdió. Textual: “Un aparato Sánchez-Besa (el avión), un altímetro registrador, un altímetro aneroide, una brújula Deperdusin, dos bombas para neumáticos, cinco llaves inglesas chicas, un inyector de esencia, una bomba para aceite, un cojín del Sánchez, un juego de llaves para desarmar motores (sencillas), un martillo, un alicate redondo, dos alicates planos, un botador de 5 milímetros y un tornillo de mano”. Esa fue, documentadamente, la compañía de Bello en su vuelo final y definitivo.
El otro día almorcé con Rosenmann y Godoy en casa de uno de ellos. Arroz con pollo y aderezo de champiñones, marraqueta fresca, coca-cola y café. Buen almuerzo. La idea era hablar del Teniente Bello, ver un video de doce minutos con reflexiones sobre su desaparición, y analizar los pasos siguientes para convertir al 9 de marzo en feriado nacional. Los tres coincidimos, sin tomar una gota de alcohol, en la conveniencia de presentar una moción ante el Congreso para que el 9 de marzo se convierta en un nuevo feriado. Un bello día. Un bello gesto. Algo así como el Día de la Aventura, o el Día de los Perdidos, que no son pocos en Chile. Marzo, lo analizamos cuidadosamente, no es un mal mes para decretar feriado. Marzo tiene el estigma de ser un mes jodido para el chileno medio: por los pagos, por la entrada a clases, por la nostalgia de las vacaciones recientemente abandonadas. Sería una manera de infundirnos ánimo y de paso rendirle tributo a Bello.
Bello Cielo se llama la exposición que Rosenmann y Godoy montarán en el Bellas Artes. La idea futura, si se concreta lo del feriado nacional, es que nadie pregunte en Chile quién fue el Teniente Bello, y a cambio nos interesemos en su pasión y su historia de vida, aunque en su caso el viaje haya sido sin retorno. La idea es que dejemos de hablar de él con sorna cada vez que nos perdemos. La idea es demostrar la veracidad de la Primera Ley de Bello, así definida: “No todo lo que sube tiene que bajar”.


Los olvidos del desierto


Empampado: Perdido en el desierto, desorientado en medio de la pampa, especialmente durante las primeras exploraciones, cuando la falta de camino y de referencias hacía que el viajero se empampara, soportando la feroz agonía de la sed.
(«Diccionario de Voces del Norte de Chile», Mario Bahamonde)



El 1º de febrero de 1956, Julio Riquelme Ramírez se subió a un tren en Chillán rumbo a Iquique. El viaje era largo: cuatro noches, cuatro días, transbordo en Santiago, transbordo en La Calera. El hombre era empleado del Banco del Estado, y ahora iba de padrino al bautizo de uno de sus nietos. El trámite estaba acordado: llego a Iquique en el Longino el domingo 5 al mediodía, ahí te estaremos esperando.
Cuento corto: Julio Riquelme Ramírez jamás llegó a la estación de Iquique. Cuando ese domingo se bajaron todos los pasajeros del ferrocarril ordinario, en el vagón de tercera en que venía Riquelme sólo apareció su maleta de mimbre con restos de cocaví, y el relato confuso de testigos que decían haberle perdido el rastro por ahí por la estación Los Vientos, ciento veinte kilómetros al sur de Antofagasta, en pleno desierto de Atacama.
Desde entonces nada se supo de la misteriosa desaparición de Julio Riquelme Ramírez. Nada de nada. Sólo historias de fantasía y después el olvido. Hasta que en enero de 1999 volvieron a tenerse noticias suyas.*


Lo más entretenido para un carabinero de guardia, en este caso para el que tiene asignado el aeropuerto Cerro Moreno, es ver cómo aterrizan y cómo despegan los pocos aviones que durante el día hacen escala en Antofagasta. Lo otro que se puede hacer para matar el tiempo es distraerse mirando azafatas y viajeros que vienen o se van de la ciudad: familias completas, parejas, ejecutivos de maletín y celular, guapas del norte grande. Lo normal es que no haya mucho más que hacer. Uno si es cabo de guardia está ahí por si acaso, por si pasa algo, esperando el suceso. Eso estaba haciendo el cabo Ricardo Fuentes el martes 26 de enero, poco antes de las cinco de la tarde, vestido de uniforme riguroso, a una hora en que hacía un calor del diablo: esperando a ver si pasaba algo.
Como no pasaba nada, y como uno toma bastante líquido en estos parajes pampinos, el cabo Fuentes aprovechó de ir al baño. Y aquí, en el baño del aeropuerto Cerro Moreno, a un costado del lavamanos, bajo el espejo, se encontró solo frente a un sospechoso: un sobre grande blanco sellado con huincha café de embalaje.
El cabo Fuentes se asustó: por el peso y por la textura metálica de algunos objetos que había dentro del sobre, pensó que podía ser una bomba. Con delicadeza llevó el sobre hasta el aparato de rayos X que hay en la zona de embarque de pasajeros, y pidió -nervioso- que por favor lo revisaran.
Lo que se vio a través de la máquina estaba lejos de ser una bomba. Había allí, dentro de otro sobre, un reloj, una lapicera, un anillo, una chequera, llaves oxidadas, sujetadores laterales de anteojos, un par de cristales ópticos y una billetera que después, al abrir el sobre, supieron que era de cuero color café. El paquete incluía también billetes, documentos de identidad, un carnet del Partido Radical, un carnet del Deportivo Progreso de Chillán, un destapador de botellas, una cortaplumas pequeña, fotografías familiares, tarjetas de bautizo, un contrato de trabajo del Banco del Estado, dos gomas de borrar y una nota manuscrita en inglés, sobre una de las caras del mismo sobre, que decía que todos estos objetos habían sido encontrados en el desierto de Atacama junto a un esqueleto humano tendido de cara al sol. El texto en inglés indicaba las coordenadas precisas del hallazgo, lo situaba cien kilómetros al sur de Antofagasta, y dibujaba la posición del cuerpo. El nombre que figuraba en todos los documentos colocados dentro del sobre estaba escrito y subrayado: Julio Riquelme Ramírez.

NADIE SABE QUIEN DEJO EL SOBRE en el baño del aeropuerto. Pudieron ser gringos que con cierta frecuencia hacen prospecciones mineras en el desierto, o chilenos que lo escribieron en inglés para despistar y desentenderse del tema. Lo que sí es claro es que quien encontró este esqueleto humano en plena pampa pensó que se trataba de un detenido desaparecido: por eso la entrega del sobre sin remitente en el aeropuerto antes de subirse a un avión, y por eso también la mención en el mismo sobre para que esta información fuera remitida al Arzobispado de Antofagasta.
La abogado Alicia Vidal se hizo cargo del tema, y al día siguiente, el 27 de enero de 1999, se abrió un proceso en el Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta. ¿Probable delito?: “Inhumación ilegal del detenido desaparecido José Riquelme”. Hasta ese momento, los actores de la película estaban bastante confundidos. De partida, confundían al detenido-desaparecido José Riquelme, que figura como tal en el Informe Rettig, con Julio Riquelme Ramírez. Es más: nadie de los que estaba participando del hallazgo en el desierto sabía prácticamente nada de este empleado de banco de 58 años de edad que viajó en tren al norte en febrero de 1956, de la maleta de cocaví que apareció solitaria en un vagón de tercera, y de la denuncia por presunta desgracia que presentó en Iquique Celinda Chávez, esposa de Riquelme Ramírez pero separada de él hacía veinte años.
En los días posteriores a la desaparición de Julio Riquelme Ramírez, la única nota de prensa publicada sobre el caso fue la del diario iquiqueño «El Tarapacá», el domingo 12 de febrero de 1956, una semana después de la fallida espera en la estación de trenes. Bajo el título “Un pasajero desapareció en forma misteriosa desde el Tren Longitudinal”, la crónica, junto con señalar a Pueblo Hundido como la última estación del norte en que le habían visto, aventuraba la antojadiza hipótesis de que Riquelme “habría sufrido un trastorno mental que le impidió regresar al tren”.
Pueblo Hundido, visto desde el tren Longino, marca según Andrés Sabella en su libro «Norte Grande» la frontera que separa al resto de Chile de la pampa: “Pueblo Hundido es eso: un pueblo metido en la amarillez del desierto. Las calles están desiertas y parece que el abandono es el verdadero dueño de todas las casas. Los cerros pelados de la costa se ven a dos trancos de la línea férrea, y adormecen sus letreros algunos hoteles. Unas mujeres gordazas, envueltas en seda chillona, mostrando senos que son un escándalo de carnes, suelen venir al paso del tren”. Lo peor, según Sabella, viejo conocedor del norte chileno, viene después, cuando el tren arranca de Pueblo Hundido rumbo a Iquique, que es cuando dijeron en «El Tarapacá» que habían dejado de ver a Riquelme Ramírez: “Cuando el Longino se desprende de la estación y se mete pampa adentro, el corazón empieza a llenarse de piedras, de perspectivas lúgubres”.
La “prolija búsqueda” de Julio Riquelme Ramírez referida por «El Tarapacá» duró sólo algunos meses, con suerte, y nunca se sabrá si fue prolija o no. En los tribunales de justicia del norte no existe ninguna carpeta que hable de este caso en esos años, puesto que un incendio referido por funcionarios de Investigaciones, incendio que ni ellos ni nadie precisan cuándo ocurrió, acabó con varios miles de expedientes en Iquique. Ese incendio sería la razón de que se hayan hecho cenizas o humo los documentos que pudieran certificar qué se hizo y qué no se hizo por encontrar a Julio Riquelme Ramírez.
Su desaparición, en todo caso, no fue tema nacional en esos días. Había otros perdidos: un avión pequeño cerca de Vallenar, al que los diarios le dedicaban unas pocas líneas; un perro negro alemán llamado Candilejas, extraviado en calle San Antonio con Merced, y reclamado por la revista «Vea» para que lo devolvieran a sus dueños; y el tesorero del sindicato industrial de la oficina salitrera San Enrique, un tal René Vivar Vivar que le hacía harto honor a su apellido: se había fugado con 96 mil pesos, abandonando de paso a su mujer y a sus siete hijos. El caso del tesorero Vivar era para hacer llorar al más fuerte: según el relato de «El Tarapacá», la esposa se había visto obligada a regalar a su bebé de sólo un mes porque no tenía cómo mantenerlo.
De Julio Riquelme Ramírez ninguna noticia: el hombre se perdía solo y en silencio. El Banco del Estado no sabe si en esa época hizo algo para conocer el paradero de este empleado suyo, auxiliar del Departamento Agrícola durante veinte años, y que hacía poco, en junio de 1955, había firmado un contrato como portero, documento que guardaba celosamente consigo y que fue encontrado casi medio siglo después dentro de su billetera, resquebrajado por el sol y por el tiempo.

EL MIERCOLES 3 DE FEBRERO de 1999, el subcomisario Walter Rehren salió a las ocho de la mañana del edificio de la Policía de Investigaciones de Antofagasta rumbo al desierto. Iba en una camioneta todo terreno, y en la parte de atrás del vehículo llevaba motos areneras para hacer los tramos más difíciles. Lo acompañaban el comisario Roberto Yáñez y el inspector Jorge Ruiz. En otro jeep iban el subcomisario Ricardo Bevilacqua, el inspector Claudio Salas y el geólogo Jorge Valenzuela, que había prestado un instrumento de orientación satelital (GPS) para dar con las coordenadas exactas y no perderse en la pampa. La orden del juez Jorge Cortés Monroy era clara: localizar el esqueleto humano mencionado en el sobre, y mandarlo a buscar de inmediato para constituirse en el lugar.
El día anterior, el martes 2 de febrero, detectives de Iquique habían interrogado por primera vez al único hijo vivo de Julio Riquelme Ramírez que entonces figuraba en las computadoras: Ernesto Riquelme Chávez, 63 años, jubilado, casado con Haydée Barrios, dos hijos, cobrador en las mañanas de Calzados Royle, defensa central vigente y de los duros en la liga de viejos cracks defendiendo la camiseta amarilla número 3 del equipo “Contadores”. De vuelta a casa después de una semana de vacaciones en Arica, invitado por su hija Patricia, Ernesto Riquelme Chávez se haía encontrado al llegar con una citación para ir a declarar a Investigaciones, doblada y dejada en el marco de la puerta de su departamento, en el barrio La Puntilla. No pudo dormir en toda la noche. Escuchó el ruido del mar más fuerte que nunca y no dejó de pensar en qué lío se había metido sin saberlo:
—Llamé temprano esa mañana por teléfono, y el detective que me atiende me dice que me quede tranquilo, que necesitan hablar conmigo por algo de mi padre.... Me vino un remezón fuerte... Imagínese... Yo no sabía nada, estaba desconectado de las noticias, no sabía que habían encontrado algo. A las once de la mañana me presenté en Investigaciones.
Un funcionario empezó a preguntarle si su padre había estado metido en política, si había sido dirigente de algún partido, si acaso era detenido-desaparecido después del golpe militar de 1973:
—Yo ahí lo interrumpí, le dije que nada que ver, y le conté la historia. Mi papá se había separado de mi mamá el año 36, y yo recién nacido me había venido con ella a Iquique desde Chillán. Después, cuando yo tenía 17 años, fui de vacaciones con mi hermano Rolando a Chillán para conocer a mi papá, y al final me quedé allá tres años. Le conté todo: que el año 55 me volví a Iquique, y que al año siguiente, el 56, mi papá se puso de acuerdo con mi hermano Rolando para venir al bautizo de uno de sus nietos, que es sobrino mío, y que se llama igual que mi papá: Julio Riquelme. Mi papá tomó el tren, viajó acá al norte en un vagón de tercera clase, pero en la estación sólo apareció la maleta del cocaví. Nunca más supimos del él. Eso fue lo que conté. Dije también que algunos pasajeros dijeron que se había bajado en Los Vientos y que había hecho amistad con otras personas arriba del tren, pero nada más: la gente sólo recordó cosas vagas. Nadie supo dar información precisa.
El testimonio de Ernesto Riquelme Chávez esa mañana ayudó a colocar las primeras piezas del puzzle judicial, pero no arrojó mayores luces sobre un rompecabezas que difícilmente podrá completarse algún día. El Tercer Juzgado del Crimen de Antofagasta sabía ahora a ciencia cierta algo que los familiares de Julio Riquelme Ramírez siempre supieron, y que no es ninguna novedad en esta historia: que él no era un detenido-desaparecido. Para confirmarlo legalmente, bastaban el relato del hijo y los billetes y documentos encontrados en el desierto, todos anteriores a 1960. El resto de la historia seguía siendo un misterio. ¿Por qué este pasajero se bajó en la estación Los Vientos? ¿O lo bajaron a la fuerza? ¿Qué significaban esas amistades mencionadas por otros pasajeros del tren? ¿Pasaba el tren por la estación Los Vientos de día o de noche? ¿Era posible perder el tren en medio del desierto, sin nada más que hacer y que ver en varios kilómetros a la redonda?
El detective Walter Rehren se hacía estas mismas preguntas, mientra su camioneta y el jeep con GPS saltaban y serpenteaban en medio de la pampa, sorteando zanjas y peñascos, para llegar a destino y cumplir la orden del juez:
—Antes de que llegáramos al esqueleto se pudo haber presumido que le robaron y lo mataron, pero igual era poco probable porque tenía todo: el anillo con sus iniciales, dinero, la pluma parker, el reloj Urbina... Siempre me acuerdo del reloj Urbina; eran famosos los relojes Urbina en esos años. Yo me pregunto: ¿por qué no siguió la línea del tren?, ¿qué lo llevó a meterse en el desierto sin ninguna referencia de nada, sólo piedras, tierra, cerros? A lo mejor se desesperó por tratar de llegar a tiempo al compromiso que tenía con su hijo porque no quería defraudarlo.
Diecisiete kilómetros y medio de distancia desde la abandonada estación Los Vientos marcaba el GPS del geólogo Valenzuela cuando la camioneta, el jeep y las motos areneras detuvieron su marcha: a treinta metros del punto exacto indicado por las coordenadas escritas en el sobre había una cruz hecha de piedras gordas en el suelo, y junto a ella, en la misma orientación de la cruz, un esqueleto humano, blanco-blanco, calcinado por el sol, acostado íntegro sobre la tierra en la misma posición en que lo habían encontrado los gringos, calzando zapatos, con restos de ropa a su lado y con un detalle para mencionar: el zapato derecho sujetaba un sombrero, lo había afirmado durante 43 años, para que no se lo llevara el viento.

LE AVISARON CORRIENDO AL JUEZ. Jorge Cortés Monroy llegó al lugar a las dos y media de la tarde. Era verdad. Ahí estaban los restos. Julio Riquelme Ramírez no había desaparecido de la faz de la tierra, como creyeron algunos en su familia. Porque esos fueron los primeros pensamientos: que le habían bajado los monos y se había ido a Bolivia, que había cambiado de idea arriba del tren porque no quería saber más de sus hijos, que lo habían matado cerca de la estación y lo habían enterrado bien enterrado para que nadie supiera jamás. Cuentos. Puros cuentos. Fantasías que ni siquiera servían ahora para tratar de explicar por qué se bajó en Los Vientos, o por qué se cayó del tren, como cree su hijo Ernesto:
—Yo le he dado varias vueltas, y de repente pienso que él se cayó del tren. Para mí que se cayó, que quedó medio aturdido, y que esto debe haber sido de noche. Cuando se paró no encontró a nadie, caminó un poco para buscar donde guarecerse, y ya al otro día se le perdió la imagen de todo. Subió un cerro, cayó a algún vacío, y empezó a dar vueltas sin saber dónde estaba porque en la pampa es muy difícil ubicarse, hay mucha gente que se ha perdido en la pampa y que no aparece jamás.
—¿Los empampados?
—Claro, los empampados. Eso es terrible. Yo lo he experimentado. Ahí donde se perdió mi papá es solitario total. Imagínese que mi papá estaba íntegro: no había buitres ni lagartos ni nada. El estaba íntegro, con su ropa, y por supuesto con el tiempo encima, los 43 años que estuvo ahí, botado... Había algodón, trozos de género de su camisa y de sus calzoncillos largos, un botón del pantalón, pedazos de su abrigo, y lo que me contaron es que cuando fue el juez y lo examinaron, cuando lo levantaron se voló todo lo que era carne porque estaba hecho polvo. Por eso quedaron los huesitos blancos.
Lo que no se voló estaba ahí, rígido sobre la tierra, y lo estaban examinando los detectives junto al juez Cortés Monroy: Julio Riquelme Ramírez se había perdido 43 años, acostado en el desierto a pleno sol y a plena luna, sin que nadie advirtiera su presencia. Esa es, más nítida imposible, la soledad de la pampa.

DESPUES DE REVISARLO durante tres horas, el juez ordenó que leventaran los restos de Riquelme, los guardaran en las clásicas bolsas negras con que trabaja la Brigada de Homicidios y los llevaran en camioneta al Servicio Médico Legal de Antofagasta para hacerle exámenes más especializados. A Walter Rehren le llamaron la atención los zapatos:
—No eran zapatos cualquiera. Eran zapatos de ocasión, para ir al bautizo. Azules con verde, elegantes, como de gamuza. ¿Qué hacía aquí, a casi veinte kilómetros de Los Vientos, un hombre con esos zapatos? No sé: a lo mejor se bajó del tren a hacer sus necesidades, a estirar las piernas. A lo mejor se había tomado sus tragos y tal vez se cayó. Y la estación tampoco quedaba a seiscientos metros de la carretera, como ahora. Entonces no había nada de nada. Quizás alguien lo vio perdido y le dijo que el camino más cercano era el de Paposo, en la misma dirección en que se perdió, hacia la costa, pero nadie le explicó que había entremedio como cincuenta kilómetros de puro desierto, sin ningún rastro humano: sol todo el día, mucho viento, y en la noche un frío tremendo. Aquí donde apareció Riquelme no llegan ni los jotes, ¿sabe por qué? Porque el esqueleto estaba íntegro, perfectamente armado, y cuando hay algún tipo de depredador los huesos quedan desparramados.
A Ernesto Riquelme le habían dicho que lo iban a mandar a llamar de Antofagasta, pero no aguantó más la espera, dice que le entró la “urticaria” y llamó por teléfono para acelerar los hechos. Habló con el detective Rehren, y fue citado para el día siguiente, el viernes 5 de febrero, a las ocho de la mañana. Agarró su mochila, viajó en bus a Antofagasta toda la noche y a la hora señalada estaba en la puerta de Investigaciones listo para entenderse con Rehren.
Lo que hubo ese día fueron diligencias y más diligencias, siempre acompañado de detectives. Primero una declaración en el Tercer Juzgado del Crimen en la que reiteraba la historia del viaje en tren a Iquique desde Chillán, y donde luego reconocía las pertenencias con todo detalle: “En cuanto a las llaves, las más chicas corresponden a los cajones de su escritorio, y la que está oxidada es la de la caja de fondos que tenía en su lugar de trabajo”.
Después Ernesto Riquelme fue a la morgue, y allí le sacaron sangre para poder hacer el examen de ADN en Santiago. Luego volvió al juzgado, para pedir formalmente que le devolvieran las pertenencias de su padre y también los restos de Julio Riquelme Ramírez.
No hubo problemas con los objetos: le entregaron todas sus cosas, hasta una peineta rosada de plástico, menos el carnet de identidad, por un asunto legal. Le dijeron que para poder entregarle los restos había que esperar los exámenes de ADN y el peritaje de los médicos legistas. Ernesto Riquelme no quiso ese día ver los restos de su padre:
—¿Para qué? Lo había visto en las fotos de los diarios. ¿Para ver otra vez lo mismo?
Tampoco quiso ir al desierto, al lugar del hallazgo.

ERNESTO RIQUELME volvió esa misma noche a Iquique, en bus, y ya nada fue como antes. No había necesitado ver los restos de su padre en una bolsa ni ir de nuevo a la pampa para empezar a entender la historia de Julio Riquelme Ramírez y la suya propia como la historia de un gran desencuentro, real, humano y con un final concreto, demasiado concreto tal vez, lejos de la ciencia ficción.
La historia aquí contada, como piensa el propio Ernesto Riquelme, no tiene nada que ver con cosas raras, con ovnis, con sujetos que aparecen y desaparecen y después salen en la televisión. “Pero esta historia hay que cerrarla”, dice. Por eso el hijo espera para los próximos días el dictamen del juez que ordene entregarle los restos del padre. Será el momento de reunir a la familia, de traer a la media hermana de Santiago, de juntar a los más de veinte nietos y entre todos despedir a Julio Riquelme Ramírez en Iquique: con vista al mar, lejos de Los Vientos, en un funeral distinto, donde será legítimo botar lágrimas guardadas en las entrañas, y donde sobre todo se castigará el olvido y se le rendirá un homenaje a la memoria.

* Capítulo 2 del libro “El empampado Riquelme” (Francisco Mouat, Ediciones B, 2001)